Una reflexión en Navidad
lunes, 21 de diciembre de 2009
Así es. La Navidad está muy cerca, y es quizás el momento ideal para hacer un balance del año que se termina. Es, además, un buen momento para pasarlo en familia, para compartir la mesa con parientes a los que no podemos ver pero que fingimos soportar e incluso que nos caen bien. Es el momento perfecto para sacarse un ojo con el corcho de la sidra o, por qué no, perder una mano por un petardo que explota demasiado pronto. Quizás incluso podamos matarnos en el camino de vuelta a casa, cuando un morocho que se emborrachó con ananá fizz Reino de Castilla en botella plástica nos embista con su Falcon modelo '71, destartalado, sin luces y carente de absolutamente todos los papeles necesarios para la circulación.
Es tiempo también de, sin olvidar todo lo mencionado, hacer una reflexión. De tomarnos un minuto para pensar: ¿qué ha pasado con nuestra Navidad? ¿Quién nos ha robado el espíritu navideño en estos últimos años? ¿Por qué una fecha tradicionalmente festiva se transformó en un suplicio para la mayoría de la gente? Las respuestas a todas estas preguntas, aunque complejas, tienen un origen común: la gente de color.
La muerte del Niño Dios es una consecuencia directa de lo explicado en el párrafo anterior. Hasta hace no demasiado, los regalos no eran sino pequeños presentes, con un valor más bien simbólico, que tenían el objetivo de alegrar a los infantes y fortalecer su fe en el Señor (recordemos quien era el que "traía" los regalos). Sin embargo, hace algunos años, y como parte de un proceso que hemos dado en llamar "bastardización de la Navidad", Santa Claus, personaje conocido en nuestras tierras como Papá Noel, ha asesinado al Niño Dios, por la espalda y a puñaladas (como acostumbra esta gente), con el objetivo de destronarlo y pasar a ser el Rey de la Navidad. Los resultados no tardaron demasiado en verse, y hoy tenemos (incluso en las mejores familias, y quizás por, en el intento de darles libertad, permitir que se junten con la chusma) niños caprichosos, que ven en la Navidad una forma de obtener el juguete que quieren y que disfrutan de tirar pirotecnia, que por cierto asusta a los animales. Especialmente a los perros, que, perdidos y dominados por el terror, son frecuentemente arrollados por "automóviles", si se les puede decir así, como el descrito en el primer párrafo.
Con esto se logra que en la mesa familiar, donde debería haber paz y armonía, encontremos niños ofendidos porque no obtuvieron el regalo que deseaban; tíos que, borrachos, reviven viejas disputas, llegando incluso a la violencia física; y abuelas tristes, que ven como su familia se desmorona a pedazos debido a las constantes presiones del consumismo impuesto por el morochaje. ¿Es eso lo que queremos? ¿Vamos a dejar que, siguiendo el ejemplo del Grinch, nos roben la Navidad?
En Infomarto, no. Y seguramente nuestros lectores tampoco. Por eso, en estas fiestas, recobremos el espíritu navideño. Recuperemos al Niño Dios, dejemos de lado el consumismo y alejemos a nuestros hijos de las malas influencias. Y prometámosnos a nosotros mismos que, de ver una persona de color arruinando la Navidad, no vamos a dejar que llegue a año nuevo. Es por el bien de todos.
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